
José, espera a sus visitantes en casa
Los campesinos actuales poco tienen que ver con sus ancestros. Aunque sus viviendas siguen siendo modestas y elaboradas casi que artesanalmente, sus costumbres son otras.
Por sus pasillos pueden observarse todo tipo de electrodomésticos. Igual que cualquier casa citadina. Antes para televisión satelital, Internet, computadoras portátiles, reproductores para MP4, celulares, entre otros. Pero siempre la tierra y el verde rural los mantiene conectados con su herencia campesina.
Wilson Pérez, es un campesino del corregimiento de Santa Elena, a media hora por carretera de la ciudad de Medellín, en Colombia, a quien le preocupa mucho la situación del agro local. No sólo porque las dinámicas sociales de la zona cambiaron con los años, y Santa Elena es cada vez más un destino turístico y de esparcimiento, que una localidad con una alta productividad agrícola. “Los campesinos ya no usan la tierra para siembra.
No es rentable, es mejor poner un restaurante de comida típica”, dice con preocupación Wilson.
Su razón se fundamenta en que Santa Elena es el lugar por excelencia del cultivo de flores y la tradición silletera en Colombia. Entiéndase por silleta al soporte hecho a mano en madera, que se lleva en la espalda, y donde se cargaban personas por los caminos montañosos. En la actualidad sirve para transportar flores, con diseños ornamentales, en el tradicional desfile de silleteros, que se celebra cada año en Medellín, en el mes de agosto.
El cambio de economía en la zona, le generó a Wilson la inquietud de tener un lugar donde se preserven y enseñen las tradiciones de los campesinos antioqueños. En el 2007 nació La Granja de José, localizado en la vereda El Llano.
Varias casas campesinas, con sus fachadas llenas de color y sus canastos llenos de flores begonias dan la bienvenidas a turistas locales y extranjeros que quieren conocer cómo vive una familia tradicional campesina colombiana.
Por un dólar, el visitante es guiado por Wilson, por los diferentes espacios que tiene la Granja. Su padre, madre y un ayudante más, conforman el equipo que recibe a los grupos de visitantes y curiosos, cuando las visitas aumentan.
Las primeras estaciones de la Granja están compuestas por rudimentarias vasijas llenas de flores criollas. Especies típicas de la región, que otros campesinos dejaron de sembrar, por dedicarse al cultivo de flores comerciales. “En la historia campesinas, todas estás flores son las típicas. Mi madre las ha cultivado toda su vida. Pero como son ornamentales, la gente ya las olvidó, porque no las pueden ir a vender a la ciudad”, aclara Wilson. Hacen parte de este grupo, flores como hortensias, violetas, besos, jazmines, azucenas y begonias. Hoy en día, las casas de la región cuentan con sofisticados cultivos de margaritas, orquídeas, aves del paraíso, claveles, entre otros.
Es tanta la pasión de esta familia por las flores, que las fachadas de las 3 casas que conforman la Granja, cuentan con canastos colgados en sus muros, llenos de flores coloridas que contrastan con la pintura exterior. Otro lugar importante es la huerta ecológica. Un lugar donde Wilson está cultivando hortalizas tradicionales en los platos y recetas de los campesinos de su vereda. Allí pueden encontrarse “camas” (tierra dividida por líneas cubiertas con plástico para proteger los nacientes cultivos). En las camas hay producciones de cebolla larga, zanahorias, hierbas aromáticas y vegetales. “Para nosotros es tradicional el dulce de Vitoria, o la sidra hervida con los fríjoles. Pero ya los campesinos compran eso listo en el supermercado”.
Otra estación de la Granja de José está dedicada a la música y la cocina tradicional. Un ambiente con los utensilios y espacios para la cocina en leña y carbón. Anteriormente, los campesinos cocinaban a altas temperaturas con la madera que la naturaleza les dejaba secar. Estos fogones arrojaban cenizas del material vegetal, que era mezclado con algunas recetas a base de maíz, para procesar las conocidas arepas de mote. Todo el proceso se presenta en la Granja, con la ayuda de muñecos a escala natural y cocineras locales.
El recorrido termina en la Fondo. El bar o la cantina que toda casa campesina tiene. Es una especie de cuarto de las fiestas, donde la música de cuerda, con guitarras, cantantes improvisados que a manera de juglares se recorrían las veredas cantando de fiesta en fiesta. Aunque es un lugar para los hombres, las mujeres del campo también comparten el espacio, donde el tradicional aguardiente, a base de anís y los platos típicos dan la bienvenida a la parranda rural.










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